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DESARROLLO HUMANO Y SINDICALISMO
La modernización del Estado, que comenzó a desenvolverse a fines de la década de los 80, impulsado por el proceso de globalización, se basó en cuatro pilares fundamentales: 1. El gran despliegue tecnológico. 2. El incremento de las comunicaciones. 3. El desarrollo de los transportes. 4. El acento puesto en la transmisión de los conocimientos. Y es a este último punto, precisamente, el de los conocimientos al cual me voy a referir, dado que constituye la herramienta principal para orientar, promover y estimular a los trabajadores. Nuestra experiencia nos enseña que, más allá de las buenas intenciones y manifestaciones políticas, no resulta fácil hallar una gestión de gobierno que centre su estrategia sobre el desarrollo del personal, de manera sostenida, capacitando a los trabajadores, actualizando sus saberes y habilidades y perfeccionando sus aptitudes. En alguna medida este tema ha quedado relegado en la agenda de varios gobernantes. Esta política de descuido del personal, por parte del poder institucional, se transformó en un desafío para las organizaciones gremiales, las que asumieron la responsabilidad de capacitar a los trabajadores, quienes por su parte anhelaban disponer de los recursos que provee el conocimiento para lograr su superación. Los sindicatos contábamos con una ventaja; habíamos aquilatado una vasta experiencia en capacitar personal, desde la preparación de cuadros militantes, en la época heroica, hasta los programas de capacitación profesional en los tiempos modernos. Diversas administraciones consideraron superfluo y evitable el gasto en capacitación de los servidores públicos, con lo cual no solo eludían una responsabilidad insoslayable sino que, simultáneamente, esta actitud resentía el funcionamiento institucional. Les ha costado entender que la inversión en formación es uno de los requisitos indispensables para una buena gestión. Por otro lado, en las oportunidades en las que se diseñaba una oferta de capacitación la misma estaba impregnada de una visión empresarial que en nada se compadecía con el enfoque de los servicios públicos. Bajo la ideología de las privatizaciones este problema se tornó más severo, puesto que al bloquear a los trabajadores el acceso al conocimiento, a la vez que se le escamoteaban instrumentos de trabajo, se terminaba por justificar la tercerización de los servicios públicos, en beneficio de las empresas privadas. Esto no es malo en sí mismo, puesto que, a esta altura, resulta inevitable la complementariedad entre los sectores público y privado. Ello puede ser muy positivo para el desarrollo de diversos proyectos; siempre y cuando no se transforme en un negocio, que perjudique a los usuarios, enajene bienes esenciales del Estado y genere desempleo. Está demostrado que para combatir la pobreza, la desigualdad, la marginalidad, el desempleo, la firmeza del Estado en la construcción de políticas sociales y económicas es insoslayable. De ahí que los servidores públicos, los que están en la línea de fuego, deben ser apoyados y formados de manera tal que puedan dar respuesta al cùmulo de demandas de la comunidad. Como corolario de estas palabras quiero destacar la idea-fuerza que hoy prevalece en la OIT, y a la cual adherimos, que es la instauración del trabajo decente, en un contexto de crecimiento y distribución equitativa de las riquezas, afianzado en un vínculo laboral seguro y estable, donde el trabajador sea reconocido en su dimensión integral de persona. Esto exige un fuerte protagonismo sindical, una mayor protección por parte del Estado y una legislación que sin desalentar al empleador otorgue seguridad al trabajador, con una potente expansión de la educación y de la capacitación laboral. Avanzar es este camino es nuestro compromiso.
Amadeo N. Genta
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